El avión aterrizó y la mujer, joven aún, al
poner sus pies sobre el suelo de París dejó atrás todo aquello que le incomodaba
en la vida.
El verano había dado paso al otoño y las
callecitas de París estaban tapizadas con las hojas que ya empezaban a caer de
los altos árboles y el viento las hacía enredar a los pies de la joven
dándole su bienvenida.
Ella sintió que sería inmensamente feliz junto
a su buen amigo parisino y amante fiel que la estaba esperando en el mismo
aeropuerto.
Al verlo hundió sus ojos en los de él, quién le
prometió que, "Vivirían esos siete días sin tropiezo y que serían
inolvidables para su amor en la bella París" y al reencontrarse sus bocas
en el beso y al juntar sus cuerpos en el abrazo interminable, sintieron en sus
almas subir nuevamente las chispas de la ternura del amor que siempre estuvieron
intactas.
Juntos, con todo el tiempo sólo para ellos dos
y tomados de las manos fueron por esas calles en las que Dios puso todo su
brillo y color en el paisaje parisino.
Se miraban
como si el tiempo no hubiese pasado y enlazado el brazo de él sobre el hombro
de su compañera llegaron al amarradero del río Sena, casi frente a la torre Eiffel,
la cual se veía "Magnífica" en su estructura de hierro, erguida e
inmune al paso del tiempo, vigía celosa de esa ciudad milenaria llamada con
justeza la "Ciudad luz" y que se extendía orgullosa a sus pies.
Quedó ella esperándolo, mientras él cruzaba la
calle en busca de algo fresco para tomar y al dar la vuelta, hacia el
reencuentro la vio apoyada en la cerca del puente y se preguntó.
- ¿Será acaso la misma Maga? ¿La de la novela
aquella del escritor Cortázar que tanto me impactó? La miro y vuelvo a recordar
aquel párrafo -tal vez no exactamente con aquellas mismas y bellas palabras- y
como yo la veo en este mismo momento, para mí, es la Maga...
"Ya su silueta delgada a veces andando de
un lado a otro, a veces apoyando su cuerpo en el pretil de hierro, inclinada sobre
el agua y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente,
entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa
convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras
vidas, y madame Leoni, que mirándome la mano que había dormido con tus senos,
Maga, me repitió casi tus mismas palabras. ¡Ella sufre en alguna parte, siempre
ha sufrido! Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la
noche, su puente, el Pont des Arts"
Y así, sonriendo y con una botellita de agua en
cada mano, cruzó la calle pensando que él era Horacio Oliveira y ella la Maga
que lo esperaba y se fundieron en un solo cuerpo.
Después hicieron la cola reglamentaria como
antaño y subieron al Ferry Marítimo Parisiens, que comenzaba a desplazarse por
las aguas tranquilas del río.
Se deslizaban entre la bruma mañanera por todo
el interior y el principio del corazón de París y cual chiquilines gozosos, reían
de la aventura y presagiaron que tendrían un día espléndido y venturoso.
Vieron asomar delante de ellos ese paisaje
urbano que inspiró e inspira siempre a músicos, pintores y poetas que cantaron
y plasmaron en sus cantos, telas y escritos, tantas y tantas odas al amor y que
tantos sueños legaron a las gentes y bajaron para caminar libremente y
siguieron su camino mirando las doradas estatuas de bronce del puente Alexander
tercero y el romántico Pont des Arts -Puente de las Artes- donde caminaron y se
amaron toda vez que se reunían en París.
Abrazados y como siempre les sucedía, "el
asombro", por más que ya habían hecho ese mismo recorrido el tiempo
suficiente para no sorprenderlos, estaban nuevamente allí, recorriendo con la
mirada el mítico puente Saint Louis y Notre Dame que radiantes, se acercaban o alejaban según desde uno los mire, y les
causaba placer y gozo el verlos y nuevamente el beso despertando sus ansias de
amor.
Y volvieron a besarse con la dicha que resbalaba
por sus cuerpos y así, simplemente se sentaron a una mesa, con una sombrilla de
rallas verde, roja y blanca y sintieron que estaban protegidos de los ojos indiscretos
que pudieran verlos y mirándose a los ojos descubrieron que todo el amor que se
sentían estaba intacto y él con los dedos de su mano recorría el perfil de la
cara de ella deteniéndose unos segundos en sus ojos suavemente cerrados y los
dedos bajaron por la nariz y al detenerlos en el contorno de la boca fragante
encontraron lo que buscaban, esos labios entreabiertos de los cuales un suspiro
se escapaba y la mano no se detenía, avanzaba y seguía su camino, como si la
caricia dibujara ondulados estremecimientos en el amado cuerpo y al abrir ella
sus ojos y encontrar los de él que la miraban embelesados rió feliz, como nunca
feliz y sus bocas se encontraron y hubo un solo sabor dulce y se cerró la
brecha, siendo una boca única, jugosa y fragante.
¡A esa hora de la mañana, en ese boulevard casi
desierto, bebieron un vino blanco espumante que les hizo cosquillas en la nariz
y rieron a carcajadas, alegres y felices por ese momento tan único e íntimo; comieron ostras
junto con el vino que los hizo marear un
poco pero, dichosos por lo que les ocurría siguieron por su senda!
"En París se vibra y se vive el arte por
cualquier lugar donde uno vaya. Es como un gran teatro y un gran museo a cielo
abierto".
Treparon por las callecitas de Montmartre que
es también el barrio de la Basílica del Sacre Coeur -Sagrado Corazón- La cima
de la colina y la escalinata resultó ser un mirador fantástico para gozar el
bellísimo París que se hallaba a sus pies y ellos lo hicieron, admiraron la
ciudad desde allí y luego...
Entraron a la Basílica y confirmaron nuevamente
frente al altar mayor su juramento de amor, dejando en el olvido por una semana
la historia triste que los precedía.
¡Y sí¡ Ellos estaban embriagados de amor, de ese
amor que gozarían durante siete días y siete noches y en donde en ese preciso
momento el ayer quedaría fuera de sus vidas por siete días completos, y era lo
único que les importaba en esos momentos, sentían que un cerco invisible envolvía a la bella París
y que la ciudad toda, se brindaba para ellos dos solamente y esa brisa
suavecita los acariciaba protegiéndolos, lo mismo que las hojas que al caer
desmayadas, los rozaban haciéndoles presentir que el tiempo sigue su marcha y a
veces es tirano, ¡ellos lo sabían!, pero harían que la duración de sus siete
días se prolongase con la misma complicidad del tiempo y se eternizase en sus
almas por siempre.
Deambularon tomados del brazo por callecitas y
placitas coloridas charlando animadamente y a veces se quedaban callados
tratando de guardar en sus mentes los pasajes únicos de esos días.
Iban viendo a su paso -por el Boulevard
Montmartre- pintores con sus atriles dispuestos que les ofrecían pintarlos en
una escena idílica y se miraron y sonrieron por lo absurdo de la situación.
Cruzaron el Arco del Triunfo y caminaron
abrazados por Champs Élysees y la Place Vendome, mirando las vidrieras de la
Rué Rivoli donde el galán entró y compró un dige, un corazoncito de oro rojo
-rojo como la sangre ardiente que les corría por las venas- que colgaba de una
cadenita y puso al cuello de ella diciéndole.
-Es para que siempre que pases tu mano sobre ese
dige sientas a mi propia mano sobre de tu corazón que te acompaña y abriga con
el amor intenso que guardo para vos-
A lo cual ella le respondió.
- ¿Sabes amor mío que cada uno de los minutos
vividos en nuestra vida conforman la esencia de lo que somos y todo está
guardado en nuestra memoria? Yo reniego de lo vivido antes de conocerte, lo he
enterrado en el fondo de mi interior aunque sé, que inevitablemente, aunque no
lo queramos, nos esperan cosas que tendremos que vivir o morir por ellas. Y te
digo ahora y lo juro, desde que te conocí mi esencia sólo se alimenta del amor
que vos me das en cada segundo que estamos juntos y me alcanzan justo para
sobrevivir hasta el momento de volver a reencontrarnos y verte.
¡A veces, todos hacemos esas cosas impensadas
en nuestro diario vivir!
Dedicaron parte de la tarde a recorrer el
Louvre y se quedaron quietos y juntos los dos frente al cuadro de la
"Gioconda", era difícil describir las sensaciones que sintieron al
ver el cuadro de Leonardo da Vinci. La imagen de esa joven que los miraba con
sus ojos melancólicos y cómplices y la sonrisa más enigmática y misteriosa que
hacía parecer que fuera, una mujer o un
adolescente con su cuerpo brindando esa sensación de desgano de doncella o un
joven, una u otro, amanecidos al amor con el esfumado y tenue paisaje implicado
en el misterio. ¡Tal vez todo fuera un mito!... Pero al joven lo impulsó a
estrechar fuertemente a la mujer que lo acompañaba.
Y luego visitaron la bella e inmensa Notre
Dame, con sus enormes columnatas y vitrales increíbles y luego vagabundearon
contentos por el Boulevard Saint Germain y entraron a curiosear por las
librerías del Barrio Latino.
Se hizo el anochecer y en París ¡La noche
siempre es mágica!
Guiados por el olfato se sentaron a comer en un
bodegón pequeño e íntimo en la calle Saint Andres des Pres, donde sentían que
eran la pareja mejor formada de todo París, que se amaban más allá de la distancia y de los rigurosos siete días
impuestos y estaban regocijados, como si el tiempo hubiera retrocedido y
volvieran a revivir su encuentro en los jardines del Palacio de Luxemburgo, donde se conocieron.
Ambos
traían una historia detrás muy difícil de sortear -que no se ha de contar acá
por no ser el momento- pero les bastaba sólo una semana en Octubre y en París,
para derrotar -año a año- al destino con sus propias armas.
Al regresar hacia el hotel "Le
Clemont" que los hospedaba, el cual, desde el inicio de lo verdadero de su
historia fue como un testigo fiel y consecuente para hospedarlos, y sentían que
ese cuarto de hotel era su hogar en París, donde eran cobijados sin reserva
alguna por Monsieur y Madame Charrade, los dueños, que no tenían hijos y ellos
con su amor los representaban.
Y en el camino de retorno volvieron a pasar
debajo del "Arco del Triunfo" y pusieron una flor en la tumba de
Napoleón Bonaparte conmovidos por tanta historia.
Y más tarde aún, con sus mejores galas y bajo ese
cielo de París tachonado de estrellas, que les daba la sensación de que,
"la ciudad luz" brillaba sólo para ellos dos, entraron al
"Moulin Rouge" y allí volvieron a brindar con una "Champaña"
burbujeante, ¡Por la vida y por el amor!
Y en ese momento único e irrepetible de sus
vidas, del pasado y todo lo que sufrieron y sufren y llevaba con él, quedó atrás, y del
presente, sólo les importaba, esos pequeños momentos que ambos, tratarían de
retener en la caja misteriosa en donde se guardan los pasajes buenos de la
vida, los otros, los no tan buenos, los desecharán.
Juntos y abrazados, como bebiendo uno del
cuerpo del otro ser absorbiendo sus deseos, con la noche parisina cómplice de
su aventura que los cobijaba con su manto protector, retornaron al pequeño
hotel de ese suburbio de París donde por tantas veces los vio llegar con su
amor a cuestas que revelaba el peso liviano de sus culpas al hacerse dueño uno
del otro. Y más luego, mañana, pasado el mañana, al otro día y al otro, por
siete noche exactas las callecitas de París los verán pasar con su alegría
desbordante y el amor consolidado en una sola alma y en un solo sentir.
Más adelante, cuando la mujer ya no esté en
París y se haya despedido de su amante fiel y octubre quede atrás, por las
noches, cuando el trajín incesante del día le de un respiro, en el silencio profundo que sólo ella
escuchará, volverá a sacar, por siete veces, en siete noches, las
reminiscencias que estaban guardadas en el arca de los recuerdos absolutos, y
pasará su mano por su cuello y al rozar la cadena de la cual pende la figura de
un corazón rojo, sentirá que él está allí, junto a ella y esperará en la
hondura de sus sentidos que nuevamente llegue otro "Octubre en París".
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